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Ella

Y entonces llegó ella.

Entre Líneas | Tamara Blasco, Me había negado, pasé meses jurándome que sería la última vez, me engañé a mí misma en tantas ocasiones como realmente deseé volver debatiéndome entre la triste, angustiosa y agónica sensación que deja la despedida al  verla marchar y que formara parte de mi recuerdo o reencontrarme con ella, abrazarla, sostenerla con mis manos y comprender, una vez más, que es con ella con quien quiero estar, que es a ella a quien quiero tocar, que es sola y únicamente ella la que me hace feliz. Utilicé todos los recursos a mi alcance para borrarla de mi memoria, para eliminar de mis dedos su tacto, para olvidar las noches de sudor que me provocaba, todo para que el sonido de su hilarante rodar no me hiciera regresar. Fui tan débil como valiente y volví a caer en sus encantos,  reconociendo que lo que te hace feliz, es lo que te hace diferente.

Me entregué. Me entregué de tal manera que sin darme cuenta ya estaba sobre el césped y con botas nuevas. Sin darle permiso, sin abrirle la puerta, otra vez se dibujó en mi cara una sonrisa ilusionada cuando la vi. Ella, tan radiante, vestida de cuero, un cuero blanco y brillante. Ella, pelota. Yo, jugadora. Salvó mi vida de tal manera que sentir el impacto del golpeo tras un buen pase me hizo volver a creer en mí. Pertenecer a ella de igual modo que ella me pertenece, abriendo un mundo de amistades eternas, esas que se forjan a base de codazos, bolsos amontonados en un vestuario, olor a crema recuperadora y falta de espacio para una ducha después de una dura sesión. Y todo por ella. La misma a la que golpeo con rabia tras un escandaloso fallo pero a la que beso tiernamente previo a un tiro franco. Redonda como la tierra, redonda para facilitar su rodar, rodamiento que imitamos cada vez que una zancadilla nos recuerda lo complicado que es estar arriba y lo fácil que es caer estrepitosamente.

Me adueño de ella cuando ella es mi dueña. Me presenta a un grupo de personas que darán la vida por ella y por cada una de las que formamos el equipo. Me muestra el mundo de la deportista y le doy la espalda con ocupaciones inventadas, ingiriendo alimentos que no alimentan, bebiendo líquidos que deshidratan y maltratando a un cuerpo que no se puede sustituir. Pero luego la culpo a ella. Ella a la que por momentos odio, la que no me hace caso, la que no entra en ese rectángulo al que tan mimosamente la dirijo. Ella, la culpable de todo. Y es ahí cuando volvemos a pelearnos, cuando no quiero volver a verla, cuando me amarga el fin de semana, cuando el lunes es odiado no por la vuelta al trabajo sino porque la tendré frente a mí. De querida a odiada, de anhelada a defenestrada, de salvadora a torturadora. Ella.

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